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LA SUEGRA

Mi nuera tuvo la valentía de compartir su historia de Trastorno de la conducta alimentaria. Como toda medalla, esta historia tiene 2 caras, y hoy quiero contarles cómo yo – la suegra – se hizo cargo de ella durante este proceso. Este texto va dedicado a ella y a su valiente lucha:

Cuando supe de tu enfermedad fue como si me hubiesen tirado un balde agua fría. Primero, porque nunca sospeché nada (al contrario, me llamaba la atención lo mucho que comías); y, segundo, porque las enfermedades graves siempre le pasan a “los otros”. Sin darme cuenta, me encontré frente a tu psicóloga diciéndome que estabas grave, que en otras condiciones te habría internado, que iba a ser un tratamiento muy largo, y preguntándome si yo me haría cargo de ti, a lo cual (con miedo) le contesté que sí. No sabía, realmente, a qué me estaba comprometiendo. Lo único que pensaba es que no te podía dejar sola porque vivías conmigo y detrás de ti estaban tus hijas (mis nietas) y tu marido (mi hijo), y que tampoco podíamos contar con nadie más porque si tu enfermedad se había transformado en crónica (a lo largo de 22 años) es porque nadie se había hecho cargo.

Así me transformé en tu ‘suegra-chaperona’, en ‘la vieja juliá’, como me decías con una mezcla extraña de rabia y cariño, un trabajo de 24 horas durante los 7 días de la semana. Contigo aprendí que las personas con trastornos alimenticios (en tu caso, anorexia purgativa) tratan de engañar –por todos los medios –para lograr su propósito de no comer. Usan las técnicas más increíbles, al extremo que si me hubieran contado antes no lo hubiese creído: tratan de moverse lo más posible para quemar calorías, inventabas un sinfín de cosas para engañar a la pesa cuando íbamos a los controles con la nutricionista. Era tanto mi desconocimiento de la enfermedad que no entendí cómo toda esa imaginación e inteligencia no la podías usar para algo que te hiciera bien y no en tu autodestrucción. Aunque me insistieras que lo tenías controlado yo veía que cada día ibas cayendo en un hoyo del cual sería cada vez más difícil salir.

Me di cuenta que la gran mayoría de la gente que no conoce estas enfermedades, piensa que los trastornos alimentarios se curan por un tema de voluntad. Lamentablemente, las razones son mucho más profundas y complicadas. Como siempre te dije: son verdaderos monstruos dentro de tu cabeza. Me propuse ayudarte y a que aprendieras a luchar contra ellos. Sabía que no iba a ser fácil.

¿Te acuerdas de que, todos los días durante las 4 comidas, me tenía que sentar contigo y no quitarte los ojos de encima ni por un segundo?, ¿Te acuerdas de que no podías moverte de mi lado durante 1 hora después de cada comida?, ¿O que tenía que cerrar los baños, esconder la pesa y el café que usabas como laxante? Y así, otras cosas, quizás insignificantes, pero que para ti eran la diferencia entre curarte o seguir enferma.

Tuve que aprender a caminar siempre un paso más adelante que tú, a estar siempre pendiente, imaginando cómo podrías engañarme con las comidas. Sabía que cualquier cosa que hicieras podía perjudicarte.

Reconozco que fue una batalla súper dura, desgastante y agotadora, tanto física como mentalmente. Aparte de ti, sentía que debía preocuparme de mis 4 hijos y sus distintas necesidades. Casi no tenía tiempo para mí. Por, sobre todo, quería que fueras siempre hacia adelante. No es fácil, lo sé y lo sabía, pero cada vez que avanzabas tres pasos y retrocedías dos, sentía que estaba fracasando. No me la hiciste fácil. Varias veces, agotada (agotadísima), me dieron ganas de renunciar a este “trabajo” pero, por el cariño que te tengo, siempre desistía.

Como te veías bien tenía que recordarme ‘ella está enferma, no esperes que reaccione como una persona sana’. A veces fui muy dura, estricta, e intransigente contigo pero pensaba: si uno de mis hijos estuviera gravemente enfermo, ¿Acaso no haría cualquier cosa por ellos, aunque implicara tratamientos largos y dolorosos? Eso me ayudaba a seguir con el único fin que te curaras.

Así pasó un largo año hasta que estuviste en condiciones de partir a tu propia casa con tu familia. Me dio pena porque habíamos hecho un buen equipo. Tenía miedo de que recayeras si no estaba yo para ayudarte. Sabía, como todos, que había que darte alas para que pudieras probarte a ti misma que habías crecido y que eras capaz de volar sola.

Tu batalla no es fácil y, seguramente, será larga porque no es sólo un trastorno alimenticio. Hay muchos fantasmas que hay que combatir. Eres valiente y fuerte, aunque ni tú misma te lo creas. Tienes todo a tu favor para curarte, para darle un sentido a tu vida, para evitar por todos los medios que tus hijas pasen por lo mismo. Todo esto te va a dar la fuerza que necesitas para terminar esta gran lucha que valientemente decidiste dar para mejorarte. Sanarte es el mejor regalo que te puedes hacer a ti misma.